Cómo tomar decisiones difíciles como directivo: 3 preguntas para decidir con más claridad
Tomar decisiones forma parte del trabajo de cualquier directivo. Algunas son rápidas, casi automáticas. Otras se quedan encima de la mesa durante días, semanas o incluso meses.
Y normalmente no es porque falte información.
Con los años he comprobado que las decisiones que más cuestan no suelen ser las más complejas desde un punto de vista técnico. Son aquellas en las que ninguna alternativa es completamente cómoda.
Cambiar a una persona de responsabilidad. Reorganizar un equipo. Renunciar a un proyecto que ya no funciona. Apostar por una dirección nueva. Mantener una decisión que empieza a generar resistencia. Decir que no a una oportunidad que, sobre el papel, parecía buena.
En situaciones así podemos recopilar más datos, hacer más reuniones y construir más escenarios. Todo eso ayuda. Pero llega un momento en el que seguir analizando deja de aportar claridad.
Y empieza a servir para posponer la decisión.
Después de muchos años tomando decisiones y acompañando a otras personas que tienen que hacerlo, hay tres preguntas que utilizo para ordenar este tipo de situaciones.
No eliminan la incertidumbre. Pero ayudan a separar lo importante del ruido.
1. ¿Qué estoy intentando proteger al no decidir?
Esta es probablemente la pregunta más incómoda.
Cuando una decisión se atasca, solemos mirar hacia fuera: faltan datos, el momento no es bueno, tengo que hablar con alguien más, todavía hay varias posibilidades abiertas…
Pero muchas veces hay algo más.
Estamos intentando proteger algo.
Puede ser nuestra relación con una persona del equipo. Nuestra imagen. Una inversión que ya hemos realizado. Una decisión anterior. El miedo a reconocer que nos equivocamos. La comodidad de una situación conocida.
Incluso podemos estar intentando protegernos de la responsabilidad de elegir.
Preguntarme qué estoy intentando proteger al no decidir me obliga a mirar la situación desde otro lugar.
Porque quizá el problema ya no sea decidir entre A y B.
Quizá sea asumir que cualquiera de las dos opciones tendrá un coste.
Y eso cambia completamente la conversación.
2. ¿Qué coste tiene mantener la situación actual?
Cuando pensamos en una decisión difícil solemos analizar el riesgo de cambiar.
¿Qué ocurrirá si hago esto?
¿Y si sale mal?
¿Y si el equipo no lo entiende?
¿Y si pierdo una oportunidad?
Es lógico. El problema es que rara vez analizamos con la misma profundidad el riesgo de no hacer nada.
Mantener la situación actual también es una decisión.
Y también tiene consecuencias.
Una conversación que no afrontamos puede deteriorar durante meses una relación profesional. Una reorganización que retrasamos puede seguir generando ineficiencias. Un proyecto que sabemos que no funciona puede continuar consumiendo tiempo, dinero y atención.
Por eso, cuando una decisión empieza a bloquearse, intento incorporar una variable más:
¿Qué ocurrirá dentro de seis meses si no cambio nada?
A veces la respuesta hace que el problema se vea de otra manera.
El coste de actuar suele ser visible e inmediato.
El coste de posponer suele ser más silencioso.
Pero no por eso es menor.
3. ¿Qué decisión tomaría si no tuviera que justificarla ante nadie?
No significa que un directivo no tenga que dar explicaciones. Por supuesto que las tiene que dar.
La pregunta sirve para otra cosa.
Sirve para detectar cuánto está influyendo en nuestra decisión la reacción de los demás.
Hay decisiones que sabemos que debemos tomar, pero que retrasamos porque imaginamos las conversaciones posteriores.
Qué pensará el equipo.
Cómo reaccionará determinada persona.
Qué explicación tendremos que dar.
Si alguien entenderá nuestra posición.
Cuando elimino mentalmente durante unos minutos esa presión y me pregunto qué haría si solo tuviera que responder ante mi propio criterio profesional, muchas veces aparece una respuesta bastante clara.
Después habrá que contrastarla.
Revisar datos.
Escuchar otras perspectivas.
Explicarla bien.
Incluso modificarla si aparecen argumentos mejores.
Pero al menos habremos identificado qué pensamos nosotros antes de mezclarlo con todo lo demás.
Decidir con claridad no significa decidir sin dudas
Creo que esta es una de las ideas más importantes.
Durante mucho tiempo podemos asociar una buena decisión con sentir seguridad.
Y no siempre funciona así.
Hay decisiones correctas que se toman con muchas dudas.
No porque estén mal planteadas, sino porque afectan a personas, recursos, expectativas y consecuencias que no podemos controlar completamente.
Esperar a sentir una certeza absoluta puede convertirse en una forma sofisticada de no decidir.
La cuestión no es eliminar todas las dudas.
Es saber si tenemos suficientes elementos para tomar una decisión razonable y asumir lo que viene después.
Para mí, decidir con criterio significa precisamente eso: ser capaz de avanzar aunque no todas las variables estén bajo control.
El verdadero problema no siempre es la decisión
Cuando trabajo con directivos, en ocasiones llegamos a una conclusión curiosa.
La persona no necesita que alguien le diga qué hacer.
De hecho, muchas veces ya sabe cuál es la decisión.
Lo que necesita es un espacio donde pueda ordenar todo lo que está interfiriendo en ella: expectativas, miedos, responsabilidades, relaciones, posibles consecuencias y contradicciones.
Una conversación en la que nadie tenga interés en que elija una opción determinada.
Ese es uno de los lugares en los que el coaching ejecutivo puede resultar especialmente útil.
No para sustituir el criterio del directivo.
Precisamente para ayudarle a utilizarlo mejor.
Tres preguntas antes de seguir aplazándolo
Cuando tengas delante una decisión que lleva demasiado tiempo ocupando espacio, prueba a responder por escrito a estas tres preguntas:
- ¿Qué estoy intentando proteger al no decidir?
- ¿Qué coste tendrá mantener exactamente la misma situación durante los próximos seis meses?
- ¿Qué decisión tomaría si, por un momento, no tuviera que justificarla ante nadie?
No hace falta responderlas deprisa.
De hecho, probablemente sea mejor no hacerlo.
Porque una buena pregunta no siempre sirve para encontrar una respuesta inmediata.
A veces sirve para dejar de hacernos la pregunta equivocada.
¿Hay una decisión que lleva demasiado tiempo encima de tu mesa?
Si estás en un momento profesional en el que necesitas ordenar una decisión importante, podemos hablar.
El objetivo de una primera conversación no es decirte qué deberías hacer. Es entender qué está ocurriendo, qué está bloqueando la decisión y comprobar si trabajar juntos puede ayudarte.

